Ella estaba solemne y silenciosa en su escritorio aséptico y tan parecido a otros cuando descubrió una fórmula de aspecto mágico: “voy a escribir para salvarme”. Él se burló bastante fácil diciéndole “cuando aprendas”. Y es que “estás cada día más parecido a mi papá”, respondió ella sobrecogiéndose imperceptiblemente. También decidió darle al teclado las cosquillas que sobraron de aquella vez.
Aparecidos, naves en viajes fantásticos, espejos de tres caras. Él estuvo presente en los relatos hasta que el cielo empezó a gotear partículas blancas. Era la primera vez que nevaba en Córdoba y las náuseas de advertencia empezaban a instalarse en el estómago de ella. No se irían por largo tiempo.
Algunas imágenes de ese día quedaron en una computadora, el resto se borraron por completo. De todos lados se borraron. Como la nieve blanca y negra se derritió de madrugada en el parquecito frente al edificio viejo que comparte una mujer sola con una bandada de palomas.
Pero escribir se convirtió en el modo de esperar que las náuseas se fueran, de pasar el tiempo ejercitando los dedos estrangulados por un frío que viene de adentro. Empezó por cambiar las letras de lugar, por acoplar esa pila de libros sin leer sobre la mesita del living, y por comprar otros que ya eran casi suyos de tanto mirarlos por la vidriera del Emporio.
Igual no los lee. Se entretiene con cosas mucho más efímeras, demasiado personales para servirle de algo en la vida. La distensión, aclara ella, le sirve para perderse en unos páramos de su mente enferma.
Dice que escribe, en parte porque cree en esa leyenda de que el autor de Santa Evita se libró de la desesperanza haciéndolo, y en parte, porque quisiera escribir alguna vez como él. Porque quisiera huir a otro planeta con él.
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