Como caminaba esquivando los preservativos usados, decidí subirme las medias. Era una mañana invernal, sin mucha diferencia a las anteriores, con un poco de rocío sobre el pasto y algunas otras mierdas que andar saltando.
Volvía de allá donde tan bien habíamos estado y tan lejos había quedado. En las manos llevaba algunos raspones, producto de jugar con los gatos y abrazarte con esa campera horrible de cuero imitación ochentosa que te gusta usar cada julio. No te soportaba.
El sabor a cerveza del día anterior todavía era el recuerdo de tu voz. En rigor de verdad no dijiste nada pero me invitaste a escaparme sin detenerme. Es así, me dije, para qué discutir de nuevo sobre un tema ya tan masticado. He comenzado a estorbar, digo autoindulgente.
Sonó una alarma en algún auto y el parque se tornó un lugar peligroso de repente. Hay sol, pero no hay gente, y un auto suena como si le hubieran dado una patada en medio de los faros delanteros.
Alcanzo a mirar hacia atrás cuando veo a alguien venir corriendo hacia esta vereda. Dónde me meto, quién es ese tipo con gorro de lana negro. No tiene buena imagen, tampoco yo la tengo, pero se sabe que una mina a las 8 de la mañana no puede ser una amenaza.
Pasa de largo.
Me come la curiosidad y a la vez el no te metás. Ya demasiada mierda me has hecho oír y tocar durante la noche. Necesito bañarme y ese ruido de la alarma que no se corta. Hay unos policías ahí parados frente al puesto de Grido. Pero no da avisar. Estos tipos también tienen gorros oscuros y además armas.
No fue buena idea volver caminando al departamento.
Pensando en cómo el frio cauteriza las heridas me olvido de pensarte y me dejo someter por el miedo a estos sujetos. Para colmo avanzo en la misma dirección que tomó el supuesto delincuente que, por cierto, perdí de vista. Las botas no colaboran, tengo los pies congelados y necesito correr para salir de esta angustia imberbe de andar sola por la calle.
Es un asco, he pisado una bolsa con un líquido amarillento. Náuseas. Frío. La combinación de líquidos de distintas graduaciones alcohólicas no termina de irse de mi cuerpo. Y este asco aumenta con cada paso hacia la casa, con cada escalón de conciencia que voy subiendo. Náuseas de nuevo. Y esa hija de puta. Voy a vomitar en cualquier lugar donde vea pasto de nuevo, pero antes tengo que correr y alejarme de estos tipos.
Los canas se subieron al patrullero y no me queda más chance que hacerme la apurada por llegar al trabajo. Es miedo y es asco a la vez. La camioneta rueda despacio hasta alcanzarme. “¿Tan solita por acá?”, dice el morocho asomando el brazo por la ventanilla. Reprimo el asco y no miro. Y estas botas que pugnan por hacerme caer sobre la escarcha derretida. “¿Querés que te acerquemos?”.
Voy a vomitar.
Miro rápido, susurro un “No, está bien, gracias” que puede sonarles a desafío a estos tipos. Cómo cuerno saber que piensan estos tipos. Me da vueltas la cabeza en un solo pensamiento: volar de acá antes de que las náuseas me dejen tirada en medio del parque con estos de la camioneta y el otro, el chorro, que no se ve por ninguna parte y seguro no ha tenido tiempo de escaparse. Debe estar escondido en algún lado.
El móvil se para una cuadra más adelante. Cómo lo evito. Ahora las piernas me hacen caso, cuando preciso que el cerebro sea el que funcione rápido. Estoy a unos pasos de estos tipos armados, que son dos, que son hombres y tienen la ventaja de la impunidad.
Llego a la esquina y no veo. Sombras borrosas se mueven en mi dirección. Sombreros negros, botas pesadas. Los pasos apurados del que viene corriendo. Escucho respiraciones sobre mi espalda.
No veo nada. Vomito.
Aún no hay comentarios por mucho
Deja un comentario
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>