Relatorías


Volver a irse
Septiembre 1, 2007, 3:56 am
Archivado en: relatos, victima

- Siempre es igual, la primera noche me amás y al día siguiente no podés soportarme.
- El primer día sos la mujer más interesante del mundo, y al siguiente te volvés tan común como cualquiera.
- Soy la misma persona, ¿qué diablos puede cambiar?
- Todo. Hoy estás histérica, aburrida, cargosa y fácil.

Nadie puede herir mejor a alguien, que quien pudo amarlo. Porque la mágica ignorancia del amor enmudece las quejas durante el idilio, y esa perfección se desvanece al pasar los días, los meses, y los años.

Esta vez el encuentro fue planeado cerca de la cordillera, como la primera vez que se vieron en la vida, conjugando un destino planteado como trunco desde el vamos. Nada de expectativas se habían aclarado. Sólo pasarla bien, dijo él. Y la frase terminó de prostituir la historia.

De noche chocolates, un avión que llegó más tarde de lo previsto y un silencio incómodo que buscaron tapar con besos. ¿Cómo inventar el amor después de una decepción?

En las caricias se diluyen las reticencias que la razón esgrime, con justo honor a su nombre. La piel no es un órgano pensante, pero resguarda en su memoria selectiva los roces que pueden conmover y esfumar la conciencia. El acto de amor tiene bastante de hazaña física (diría Gabo) y en eso transcurrieron las horas del reencuentro.

Pero de haber sabido que el olvido es más poderoso que los buenos recuerdos, quizás nunca habrían planeado este trance de espejismo de los buenos tiempos. El frío del invierno, el viento gélido de su mirada y su boca muda, resultaron demasiado conocidos para ella, aún cuando empezaba a sentirlo otra vez como el oxígeno necesario para la vida.

- Si fueras así siempre, sería perfecto compartir todas las siestas juntos- le dijo mientras él descansaba en su pecho. Fue uno de esos instantes en que la tarde se detuvo a ver pasar la nostalgia.

Si embargo, fingir amistad sincera después del amor es una tarea que no todos pueden llevar a cabo. Para ejercitarla, ella se propuso no decir “te quiero”, no prometer una añoranza, intentar disfrazar los sentimientos que se habían encendido como si nunca hubiesen sido lastimados.

Dolorosa y rápida, las despedidas que se reducen a un “buen viaje, nos hablamos” pueden tener sentidos diametralmente opuestos. Y los días subsiguientes demostraron que él podía agendar el encuentro como la aventura que fue. Y ella no.

Rompiendo las reglas, cada hora desde su huída siguió pensando en él. Olvidando las oscuras horas del desengaño, el dolor físico de la ruptura, el silencio ensordecedor de ese hombre impasible y distante siempre, se dedicó a esperarlo otra vez.

Parece mentira que ese vacío alcance para llenar las galaxias conocidas. Tan sólo debería probarse a sí misma la capacidad de cumplir un adiós hasta el final. Pero vacila y cae. Quizás recién alcanza a descubrir cuanto puede doler el final de un amor del tamaño del universo.


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