Archivado en: relatos
El oculista rondaba los 38 años, era alto, prolijo pero informal, entre rubio y canoso (le regaló el beneficio de la duda) y tenía algo irresistible: anteojos.
Desde siempre el fectiche de los anteojos hacía que cualquier ejemplar del sexo opuesto mereciera una segunda mirada. Esa segunda mirada que el oculista le regaló a ella, que llegaba tarde a la cita pero se había armado en el camino de esa actitud que oficia como un vestido perfecto en una mujer y hace posible conquistar al hombre más difícil.
Resulta que debió bajar a mesa de entradas y hacer una larga fila para esperar que buscaran su ficha médica. Pero promediando los quince minutos frente al mostrador apareció él, el oculista, y personalmente se encargó de meterse al archivo para encontrarla. Luego le cedió gentilmente el paso en la escalera, entraron juntos al consultorio y ella no pudo evitar hacer crujir los dedos con nervios cuando él inició la charla preguntando a qué se dedicaba.
Mirar a los ojos al hombre que estudia tus ojos resulta difícil. Hacerlo frente a sus aparatos y con un par de gotas misteriosas que anestesien la mirada, no tanto. Así, sus ojos se encontraron, en medio de luces de colores, de pruebas y de preguntas de rutina.
- Ya tuviste vacaciones?
- No… y no voy a tener
- Hmmm, bueno, porque es eso lo que te hace falta
- …
Tenía ganas de decirle: “Entonces me quedo tranquila, calculo que no me van a explotar los ojos frente al monitor…” o algo más elaborado, como la metáfora de lo que estaba sintiendo: “¿Se imagina un auto al que no le pueden detener el limpiaparabrisas?”.
Pero no pudo, todavía el candor reinaba en la primeras cita.
Pero a decir verdad, no se trataba de la primera cita. “¿Te acordás el folleto de ejercicios que te imprimí para evitar estas cosas…?”, dijo él, al tiempo que ella asentía. “Bueno, son para hacerlos”, cerró él con una sonrisa que podría devolverle la el paisaje a un ciego.
“No le lleves el apunte, ya se va a pasar”, dijo cerrando la historia clínica, justo cuando el consultorio empezaba a ser uno de los lugares más cómodos de la ciudad. La acompañó hasta la puerta.
La cita terminó temprano, a las 19.11, según pudo mirar de reojo en la computadora (de él).
Aún no hay comentarios por mucho
Deja un comentario
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>